Nace una Institución

Acerca de nosotros
Typography

Fue un 18 de marzo de 1874 cuando cerca de 15 empresarios de distintos giros comerciales, se reunieron con el objetivo de iniciar pláticas relacionadas con la posibilidad de fundar una organización colectiva que representara sus legítimos intereses, unificara usos y costumbres y promoviera el desarrollo del comercio local.

En aquella época, la Ciudad de México era un incipiente conglomerado de viviendas, edificios y comercios.

Los asistentes a dicha reunión plantearon, comentaron y discutieron las funciones, tareas y objetivos que tendría la nueva institución, la primera de su género en México; aprobaron una serie de principios generales que se plasmaron en un anteproyecto de Estatutos y, meses después, reunidos en el local que ocupaba la Lonja Mercantil, 35 comerciantes acordaron finalmente redactar y firmar el acta correspondiente, en la que consta que el 27 de agosto se funda formalmente la "Cámara de Comercio de México", regida por Estatutos definitivos, que en su artículo primero establecían:

"El objeto de la Cámara de Comercio de México es consultar todo lo que pueda ser conveniente a los intereses del tráfico mercantil; representar al comercio en los asuntos en que deba tomar parte activa o pasivamente; discutir en cuanto a sus facultades competa todos los negocios de interés general para el comercio que se sometan a su examen, y arreglar en arbitraje las cuestiones y diferencias que se sometan a su decisión. En fin, y en una palabra, tener siempre presentes los intereses del comercio, y trabajar en obsequio de ellos de cuantas maneras se pueda".

 

Los primeros pasos

Una de las primeras acciones que emprendieron los fundadores de la Cámara fue presentar un escrito ante el Ministerio de Fomento, en el que se le informaba sobre la reciente creación de la primera Cámara de Comercio en México. En respuesta a esta comunicación, el señor Juan D. Arias externó su felicitación a los empresarios reunidos en esta nueva organización y solicitó un ejemplar de los Estatutos para su debido análisis y resguardo. Además, giró instrucciones a sus colaboradores para que le remitieran a nuestra Institución un ejemplar de las memorias de las Cámaras de Comercio Europeas, que en el futuro recabara el Ministerio de Relaciones Exteriores del Gobierno Mexicano.

Posteriormente, los miembros de la primera Junta Directiva, que encabezó don Esteban Benecke, empresario de origen alemán avecindado en México, acordaron enviar comunicaciones a los comerciantes de la Ciudad de México, invitándolos a incorporarse a la nueva organización, señalando como cuota de afiliación la cantidad de dos pesos mensuales, que se destinarían a cubrir los gastos de operación.

También se acordó girar cartas a los comerciantes de los puertos y de las ciudades con mayor actividad comercial del interior, comunicándoles la instalación de la Cámara e invitándolos a la vez a establecer comunicaciones de este género, para facilitar así el progreso y los intereses generales del comercio.

En los meses posteriores se recibieron cartas de felicitación de los gobernadores de los estados de Hidalgo, Colima, Jalisco, Durango, San Luis Potosí, Guanajuato, Oaxaca, Michoacán, Querétaro, Veracruz, Yucatán, Campeche, Guerrero y Sinaloa, algunos de ellos solicitando a su vez mayor información que les permitiera promover la creación de organizaciones similares en su localidad.

 

Entorno económico y social

Los empresarios que formaban parte de la Cámara en el último tercio del siglo XIX se enfrentaban a problemas y situaciones que podrían parecer triviales, pero que con el transcurso del tiempo, algunos de ellos no sólo no han desaparecido, sino que se han vuelto de difícil solución.

Las operaciones mercantiles que todos los días se realizaban a lo largo y ancho del país se hacían mediante el intercambio de mercancías por monedas que contenían oro y plata en sus aleaciones. Eran los tiempos en que estos metales preciosos tenían pleno poder liberatorio por el gran auge que tuvo la minería, aun cuando estaba en manos de empresas extranjeras.

Los niveles de instrucción escolar de la población eran mínimos, ya que las posibilidades de asistir regularmente a las escuelas se veían reducidas por la necesidad de contribuir al sostenimiento de los hogares.

La gran mayoría de los productos que se podían encontrar en los anaqueles de los establecimientos de la capital provenían del exterior.

¿Quién no ha escuchado hablar acerca de la infinidad de mercancías del lejano oriente, principalmente de China, que llegaban por mar a los puertos mexicanos? Las telas, ropa, encajes; los perfumes y vinos de Francia; las herramientas y productos de acero de Alemania y la maquinaria de los Estados Unidos, son sólo algunos ejemplos de estas mercancías. La incipiente industria nacional también requería en gran medida de la importación de materias primas y maquinaria para su operación.

La función del comercio de la Ciudad de México ha sido siempre hacer llegar a su clientela los productos que requiere, sin importar su procedencia, con tal de que fueran adquiridos a precios accesibles y con oportunidad.

Desde ese entonces, el comercio se ha distinguido por ser el primer generador de fuentes de trabajo, en donde casi cualquier persona con ganas de superarse podía encontrar una forma honesta de ganarse la vida. La imagen cotidiana en ese entonces era observar tiendas de todos tamaños, atendidas por diligentes empleados de mostrador.